Algo viene a por mí

El sol desaparecía en el horizonte y la oscura noche invadía la habitación con su espesa sábana negra…

José Manuel Sanrodri

Un ruido seco retumbaba por el silencioso pasillo consiguiendo perturbar mi sueño. Después de unos segundos sin oír nada, me pongo a pensar que podría haber sido algún objeto tirado por mi gato y vuelvo a cerrar los ojos. Pero entonces, me viene a la memoria que hace ya unos meses que mi felino compañero murió de viejo y enciendo la luz para visualizar desde la cama el alargado pasillo. No hay nada en el suelo. Descalzo, camino por todas las estancias de la casa buscando algo que justifique mi desvelo, pero no hay nada ni nadie, solo siento escalofríos cuando recorro ese agusanado pasillo. Abandono la paranoia que ha cercenado mi descanso y me vuelvo a reposar en mi cama, apagando la luz de inmediato. Casi cuando ya estaba adormeciéndome, el mismo ruido seco me despierta de nuevo. Enciendo la luz y cojo la lámpara de mesa, un hierro alargado con una tulipa de hojalata que, aún sabiendo que me va a servir bien poco como defensa ante cualquier ladrón, es lo más cercano que tengo a mi alrededor con lo que me pueda sentir seguro, aunque solo sea para arrojárselo a la cabeza. Apenas pude dormir esa noche, cada vez que mis párpados resbalaban por las esferas de mis iris, volvía a surgir el estruendo que hacía eco en el pasillo y yo me tapaba la cabeza con las mantas como si esa acción me salvase de algo. Al aparecer los primeros rayos de sol que se filtraban por mi ventana, aquel estruendo cuyo despropósito era no dejarme descansar se detuvo y al menos una hora pude dormir antes de que sonase el despertador.

 

La incertidumbre

La siguiente noche me sentía tan cansado que mi cuerpo se desplomó sobre la celulosa del colchón. Pero esta vez la sensación era que volvía a despertar teniendo la percepción de que mis ojos no los tenía abiertos. Algo oprime mi torso como si estuviera en un baúl de piedra ajustado a mi fisionomía. No puedo mover ninguna de mis extremidades, parece como si las tuviera atadas bien fuerte. Mis párpados me pesan tanto que apenas tengo fuerzas para subirlos, oigo pasos repiqueteando sobre adoquines, que inexplicablemente no pueden ser de mi piso, ya que el terrazo no suena como un aglomerado de piedras quejumbrosas zurrándose unas tras otras por la imperfección de su unión, nada mas ser pisadas. Decido no concentrarme en nada para quedarme profundamente dormido y no pensar en esta otra pesadilla. Me despiertan unos ruidos envolventes de gente hablando y también se escucha muy cerca el alboroto de la calle. Pretendo abrir mis párpados pero es como si los tuviera pegados con algún adhesivo, pues me resulta imposible abrirlos. El agobio me invade, sigo sintiéndome inmóvil, apenas puedo menear cada centímetro de mi piel. Parece como si no sintiera mi cuerpo, ni tan siquiera sé donde estoy recostado pues no noto la superficie. Tampoco es que antes la sintiera pero podría decir que estaba apoyado sobre una tabla de madera, ya que ésta no es tan fría como la piedra. Quería despertar de este desasosiego, de este mal sueño, pero el esfuerzo de no saber si estoy en una ficción o en la realidad me cansa y vuelvo a caer en los brazos de Morfeo.

Reanudo mi despertar procurando no seguir en esta pesadilla, pero sigo sin poder abrir los ojos. Oigo ruidos, gente que murmura y grita, sin entender lo que dicen, los presiento tan cerca que parece como si estuvieran hablando en un lenguaje cifrado. Percibo en mi cara una leve brisa fría. Mi inexplicable entendimiento por no saber qué me sucede me fatiga hasta el extremo de quedarme dormido con mucha facilidad, sumergido en un sueño profundo en el que me despierto unas horas más tarde. Todo está en silencio, no se escucha nada, algún ruido de un animal cercano, por el corretear de su patas, quizás se trate de un ratón o una rata, metiéndose en un agujero. Otros ruidos que de vez en cuando llaman mi atención no consigo distinguir que podrían ser, algo ininterrumpidamente golpea sobre la piedra. Varios ratones corretean como si estuvieran en un techo vidriado, se alejan muy rápido y vuelven a aproximarse hasta donde yo estoy. A pesar de que no puedo abrir los ojos, sí siento como se deslizan mis lágrimas por mi rostro con la desesperación de querer despertar de esta pesadilla eterna. Me invade la curiosidad por saber donde estoy, ya que creo que no me encuentro en ese colchón donde me acosté hace unas horas. Me aburre estar pensando y me duermo de nuevo.

 

Amarga expiración

Algo me despierta repentinamente, parece el crujido de un objeto grande y de madera que envuelve mi entorno. Se oye mucho alboroto, distingo llantos, también se escucha a alguien realizando algún trabajo de albañilería, reconozco ese sonido porque realicé una pequeña reforma en casa hace poco. Noto la paleta del obrero introducirse en el capazo para recoger el cemento, colocando los pegotes alrededor de los ladrillos, el sonido que hace es como si fuese el de una flauta travesera arrastrada en el suelo. Empiezo a reflexionar y caigo en la cuenta de que ni oigo ni siento mi respiración, y deduciendo todo lo que hasta ahora había escuchado creo que todo transcurre en un cementerio. La invariable oscuridad, mi cuerpo petrificado, ahora lo sé, estoy muerto. Todo lo que escuchaba era desde mi nicho, por eso sentía al principio, que mi cuerpo estaba reposado en una superficie de madera, porque realmente estoy dentro de un ataúd. Por un instante quiero llorar pero ahora no puedo. Estoy angustiado y agobiado a la vez y no lo consigo exteriorizar. Por eso creo que lo que para mí eran unas horas realmente se trataba de días e incluso semanas. Sabiendo donde estoy no quiero ser consciente de lo que oigo, ni tampoco de lo poco que puedo sentir y lo que es peor, tener conciencia de cómo me estoy desintegrando poco a poco. Creía que cuando uno se moría se veía inmerso en un sueño tan profundo, que no despertaba nunca más, pero esto es una pesadilla. Cuando me despierto, después de que pasen largos sueños, no sabría con qué ponerme a pensar. A veces me acuerdo de la gente que ha estado siempre conmigo como mi familia, amigos y conocidos. Tampoco he podido despedirme de todos ellos y a alguno quisiera decirle lo que siento y pedir perdón por mi necio comportamiento. En cada sueño y despertar siento cómo la cabeza me duele, es un dolor que cada vez va a más y aquí no puedo pedir una aspirina para aliviar este suplicio. Ya no siento si hace frío o calor por la brisa que se filtra de entre las rendijas de la madera del féretro. Cada día que pasa a malas penas se oyen ruidos y cuando consigo oírlos es como si estuvieran tan lejanos que no distingo si es gente murmurando, chillando o caminando por los adoquines de la necrópolis. Creo que la sordera empieza hacer estragos en mí. Alguna vez he llegado a oler alguna cosa, pero este sentido como la vista, el tacto y el gusto fue de lo primero en desaparecer. El oído ha sido el único que me ha acompañado en todo este tormento. Recuerdo que el olfato fue el penúltimo en ausentarse, pues antes de perder este sentido he llegado a exhalar interminables olores como el de las flores que tanto acaparan las lápidas y yo no lo sabía. La perdida de memoria así como el dolor de cabeza empiezan a mostrase como últimos síntomas de decadencia. Ahora ya sé que aquellos ruidos que oí en una madrugada cualquiera creyendo que podría ser de mi gato muerto tirando algo al suelo, eso que escuché era algo que venía a por mí y en cuya torpeza hizo un ruido inesperado, quizás al golpearse con algo que entonces me hizo despertar y alertarme de que ese algo o ese alguien quería algo de mí, ahora lo sé, quería mi alma porque mi cuerpo es una carcasa que se va desvaneciendo en el tiempo. Pero, ¿mi alma no se supone que va unida a mi conciencia? Creo que ese día venía a por mi alma y no se la pudo llevar y ahora, alma y cuerpo se pudren junto a la madera que los envuelve. Ojalá ese algo o alguien venga a llevarse mi alma para no seguir con este sufrimiento. Me gustaría imaginar que esto es una pesadilla y así poderme despertar empapado de sudor. Hay una cosa que desconozco, saber qué es lo que me ha matado. Acabo de volver a despertarme sin saber quien soy, ni donde estoy o lo que es peor, qué soy… Lo único que siento es un dolor terrible en la cabeza como si mi cerebro fuese a estallar dentro de mi cráneo.

Imagen destacada: Josep Manel Sánchez

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2 comentarios en “Algo viene a por mí

  1. Pedazo de historia, simplemente me ha encantado. La verdad es que se hace increíblemente breve y transmite perfectamente la angustia del persona. Así que, viéndolo desde ese lado, menos mal que es breve.

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