Los pequeños placeres, o no

La vida es muy dura como para que encima te fastidien esos pequeños momentos de paz y tranquilidad. Hay que colaborar para que todo fluya y podamos ser felices ¡Gracias!

Jesús Martínez

Estoy feliz en el trabajo. Hago cosas diversas de cifrado octagonal nuclear y noto un pequeño movimiento intestinal, un alien en mi interior. Lo dejo pasar porque es leve. Al rato se convierte en Papá Noel con su familia de renos y necesito soltarlo. Me dirijo feliz a evacuar ese gran mal que alberga mi interior.

Llego al baño, entro en el de hombres, y debo elegir entre izquierda o derecha. Derecha rápidamente y compruebo que esté decente. Lo está, no hay pegados tropezones de batallas anteriores y queda papel, importante comprobar esto último. Corto un trocito y lo paso por la tapa donde reposa el culo, por si han quedado fluidos de alguna incursión anterior. Y me siento más feliz que una perdiz.

Me concentro. La cosa sale perfectamente y empiezo a notar un gran placer y sosiego al vaciarse mis intestinos, pero… ¡PUMBAAAAAAAAA! Escucho un golpetazo contra la puerta, como si la fueran a tirar abajo. Me asusto y se me cierran todos los agujeros ¿Qué coj…? ¡No hace falta que rompas la puerta entera y tires medio edificio abajo para comprobar que está cerrada! ¿Cuesta poco coger la manivela con sutileza y tratar de abrir suavemente? Ya hay que tener prisa para intentar abrir como un loco.

Acabo esta primera parte del relato haciendo un llamamiento a todos esos hombres que parece que vayan a tirar la puerta abajo cuando estoy cagando. Por favor, un poco de sutileza, te estás cagando como yo hace un rato, respeta las puertas, empujando flojo también se comprueba si está cerrada o no.

Los grandes placeres de la vida se saborean más cuando llega el fin de semana. El sábado es buen día para quedar con los amigos y pegarme una buena cena. Pues así lo hago, a comer como un gorrino y contar batallitas.

Llego al lugar, pido mi plato favorito, me sirven con dulzura y empiezo a comer mientras hablamos. Me giro un momento y veo que mi amigo, el que tengo sentado enfrente, tiene manchada la barba con una mezcla de 3 salsas. Se me remueve el estómago mientras mastico mi hamburguesa. Pasan 5 segundos y no tengo otra opción que decírselo, me da mucho asco y me va a dar la cena si no se quita eso (los ojos no paran de irse allí). Se lo digo y se lo quita, no sin pasar un poco de vergüenza.

Al rato me habla y cuando me giro tiene un Picasso formado por salsas en otro lado de la cara, ¡Pero maldito y despiadado hijo de satán! ¿Cómo coño consigues ser tan cerdo? Ni estudiando 8 carreras y 3 doctorados. Le vuelvo a decir que se quite el palustre de la cara, vaya asco.

Pues pasa media hora, y no sé cómo pero consigue mancharse el cuello con algo rojo y blanco, algo muy asqueroso parecido a una pepita de tomate pero sin saber qué es exactamente… creo recordar que no cenamos tomates. Vale que le diga 2 veces que se limpie la cara, pero 3 me parece ya demasiado, es el colmo de la vergüenza.

Luego coge al bebé que ha tenido hace pocos meses y empieza a coger todo lo que pilla de la mesa, los cubiertos, los platos, los manteles… le dan el biberón y la tónica es: se ríe tres veces y vomita una especie de fluidos con saliva y así toda la cena. Todo un asco para los sentidos.

En resumen, vive la vida y deja vivir. Para todo lo demás siempre habrá un tío con salsa en la cara que te alegrará el día.

Imagen destacada: http://vivirenflow.com/wp-content/uploads/2015/08/felicidad-Harvard.jpg

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