El chocolate del loro

Como hago a menudo, a mí me gusta hablar o escribir de lo cotidiano, de lo que me pasa o veo a mi alrededor. Esta vez la cosa no es distinta

Begoña Hernández

Me he venido unos días a casa de mi madre. Todas mis hermanas trabajan y necesitaban un apoyo. Vengo con una relativa frecuencia pero “de visita” aunque esta vez es diferente porque se trata de echar una mano.

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Como tengo mucho tiempo me dedico a ordenar cosas o simplemente a trastear. A mi madre le hace gracia y me deja que le mueva las cosas de aquí para allá.

Hace unos meses empecé con la biblioteca, colocando los libros por temática o por editoriales, pero eso está a punto de acabarse y decidí mirar las medicinas. Las caducadas, las que no, las que está tomando ahora… y ese largo etcétera que normalmente tenemos los españoles en nuestras casas ya que, creo, somos el país con más posibilidades de sacar las medicinas de la S.S. o simplemente de la farmacia. Tenemos tendencia a automedicarnos y nuestros botiquines parecen un almacén.

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Hoy, mientras colocaba las buenas, las que caducan en dos o tres meses y las que ya han caducado, pensaba en lo mal que se receta, y no es por meterme con los médicos, mi pequeña indignación es para con el Estado y las farmacéuticas.

Si necesitamos tomar durante 7 días, 3 pastillas, en total 21, ¿por qué la caja es de 30? Al final esas pastillas se quedan arrumbadas en cualquier lugar de la casa y terminan en el punto SIGRE de la farmacia, si eres una persona con conocimiento porque lo más seguro es que termine dentro de algún cubo de basura.

Tendría que promoverse la recogida de medicamentos sin caducar para poderles dar una utilización. Sí a mí me sobran 9, unidos, podemos tener un tratamiento para alguien que no pueda comprarlos o mandarlos fuera donde hay médicos que pegarían por ellos.

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Después está el tema de los envases. Mi madre es asmática y necesita medicación para dilatar los bronquios. Se toma dos tipos de estos medicamentos. Uno de los inhaladores es normal, le vas dando vueltas y se dosifica hasta terminarlo, pero el otro lleva un aparato súper sofisticado en el que se introduce la pastilla, se pincha y aspira. Ese aparato viene en cada caja de pastillas y… ¿no sería suficiente dar uno y que las pastillas se vendieran solas o poder elegir entre comprar varias veces el aparato o no?, sería igual que los difusores de los mosquitos, pones la recarga y cuando se terminas compras un recambio nuevo, ¡pues no!, aquí viene el pack completo.

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Me podréis decir que eso es ahorrar en “el chocolate del loro” -una frase muy de mi madre-, pero si todos ahorrásemos en esas pequeñas cosas haríamos un gran montón, ayudaríamos a otras personas, contaminaríamos menos a este pobre planeta tan castigado y quizás tendríamos muchas tabletas de chocolate.

Fotos Begoña Hernández

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Un comentario en “El chocolate del loro

  1. Estoy completamente de acuerdo. De hecho me recuerda una cita de una mujer que para mi es maravillosa, no soy creyente pero no hace falta serlo para valorar la entrega de la madre Teresa de Calcuta que dijo una vez: “A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara esa gota”.
    No lo mencionas en tu artículo pero habría que añadir el mal uso que se da a los antibióticos hoy en día y que está provocando resistencia ciertas cepas. Así que habría que mejorar la información sobre medicamentos para que se les de un mejor uso a todos los niveles como indicas en tu conclusión.

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