Que el cartero llame cada día

Con la llegada de las nuevas tecnologías y aplicaciones parece increíble que todavía quede gente que utilice el correo postal. Pues yo soy una de esas rara avis que adora intercambiar cartas y sorprender a la gente con ellas

Llanos de la Rosa

No sabría decir cuál fue la carta que inició mi envío por correo, pero sí puedo contar que pronto empecé a mandarlas. Con ocho años me fui por primera vez de campamentos en verano y ahí intercambié direcciones con algunas de las personas con las que conviví aquellos días. Todavía conservo las cartas que recibí, aunque no fueron muchas y ya podéis imaginar qué podíamos contarnos niños de esa edad. Pero, entonces descubrí la magia del intercambio epistolar y me acostumbré a pedir las direcciones de la gente con la que entablaba amistad. Hasta, hubo una vez en la que forjé una gracias a las cartas –porque antes de ellas solo éramos conocidas-. Por esta y otras experiencias me volví adicta a escribir cartas –siempre a mano-. Y, también creé una especie de dependencia del buzón, mirándolo cada día esperando tener algo en él que no sea del banco. Creé la tradición de enviar postales cada vez que visitaba algún lugar, y agradezco enormente cada vez que alguien aumenta la colección de las recibidas. Irme a estudiar fuera me permitió tener la excusa perfecta para sellar mis cartas y ponerlas en el buzón en ocasiones especiales. Ya ni os digo lo que me gusta recoger el correo desde que vivo en Irlanda, esperando cada día una nueva carta o postal. Los domingos son mi día de ponerme al día -intercambio correo con dos personas y he procurado enviar algo a todos los que se lo han ganado-.

 

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Postales recibidas en mi casa de acogida

Sin embargo, mi relación con Correos siempre ha sido de amor-odio. No nos entendemos. Hay veces que envío algo y llega en dos días y otras que tarda siglos –lo mejor fue aquella vez que lo envié urgente y tardó diez días-. También me parece un servicio caro para según qué cosas.  Por no hablar de las veces que me han perdido algo. Por eso, mandar algo también me hace estar en alerta constante, esperando cada día que la persona en cuestión me dé las gracias o me diga que ha recibido algo.

Puede que las cartas no sean la forma más rápida de comunicación –y más hoy día- pero sí la más sincera. Las cartas tienen la particularidad de que en ellas terminas contando aquello que no harías cara a cara, porque te dejan tiempo para la reflexión y la selección de las palabras correctas. Además, cuentas con el plus de que no ves la reacción de la otra persona, lo que te otorga una mayor liberad a la hora de poner en palabras lo que quieres. El tiempo es otra ventaja, al no tener que dar una respuesta inmediata y poder tomarte el tiempo que desees, tus ideas son más claras y al no recibirlas al instante, también te regala unos días ante la respuesta.

Por no hablar de la pequeña alegría que le das a la otra persona cuando ve que el buzón no solo es lugar para las facturas. A mí, me hace todavía más ilusión desde que vivo aquí, porque ya sé a la hora que pasa el cartero y siempre estoy pendiente de oír las cartas caer al suelo por la ranura de la puerta, esperando que alguien me anime el día… 

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Un comentario en “Que el cartero llame cada día

  1. Las cartas son bonitas. Yo mismo he mandado postales de navidad a mis familiares ahora que estoy en el extranjero y la verdad es que me gustaría mandar cartas más a menudo. Es más personal que un mensaje de texto.

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