El pasajero anónimo

El Ángel de las ruedas existe y se pierde en la clandestinidad hasta que se tropieza contigo

Jose Manuel Sanrodri

Sacar billetes de autobús desde internet, tiene la comodidad que te da no moverte de casa y, además, con un click del mouse, escoges la hora, el día y hasta el asiento en el que vas a viajar. Pero también tiene sus inconvenientes, como el de equivocarte de día en la travesía que vas a iniciar, por no caer que a las 00:00 ya es otro día y, está claro, el ciberespacio no te lo va a decir.

Narrar mi experiencia es mostrar que todavía hay gente buena en el mundo y que cuando te las tropiezas, das gracias de que existan. Sucedió un día de noviembre del presente año. Conecté internet desde mi casa y fui a la página web de la línea de autobuses que iba de Elche a Madrid. La idea era cogerlo en la madrugada del domingo 8 al lunes 9, pero como ese día era el de la Virgen de la Almudena y,por lo tanto, festividad en Madrid, elegí coger el billete para el lunes pensando que llegaría el martes 10 de noviembre, o al menos eso creía yo.

Pues la noche del lunes a las 23:45, aproximadamente, me presenté en la estación de Elche, a esperar que llegase mi autobús que paraba en el anden 1 y salía a las 00:02, aunque ya vino con un poquito de retraso. Cuando por fin llegó el bus que venía de Santa Pola, el conductor abrió los compartimentos de equipaje y yo coloqué mi mochila encima de una grandes maletas para dirigirme a continuación a las puertas del autocar, a esperar a que el conductor revisase los billetes. Cuando recogió mi boleto impreso en papel, comprobó que no estaba en su lista de pasajeros y me comentó que tenía que haber salido ayer, por el lunes, ya que en esos momentos ya era martes.

Me entró un sudor tan frío que congeló mis huesos. Por un instante, mis planes de llegar a Madrid según la hora que yo tenía prevista hizo que la vasija imaginaria de mi ser, se desplomase al suelo rompiéndose en millones de pedacitos. El conductor, que más tarde supe que se llamaba Ángel, me ofreció una solución. Ya que esa línea de bus hasta que llegase a  la parada de Albacete tenía asientos libres, podía ocupar uno y sacar un billete que saliese desde allí hasta Madrid. Mi rostro describió en su retina un desanimo y su comprensión desinteresada, sobresalió de su cuerpo humano para convertirse en un ser de luz. Sin tener porqué hacerlo, me acompañó hasta la máquina de ventas de ticket de su empresa en la estación de Elche, para intentar coger un billete que fuese desde Albacete hasta Madrid. Estuvo mirando en dicho artilugio expendedor de billetes y el único horario disponible con tres plazas, salía a las 9:20 y su precio era el de 27,74€, más el coste de gestión y de seguro al final me saldría por 31,34€. Pero desde la máquina no se podía pagar ni con tarjeta de crédito, ni se podía meter un billete más grande o del mismo valor que de 50€, casi se debía introducir el importe exacto.

Mientras nos dirigíamos hasta el autobús, me estuvo explicando que me descargase la aplicación de su compañía en mi teléfono móvil para desde allí, poder comprar el billete. Volvió a consultar la lista y así me mostró un asiento que no sería ocupado hasta llegar a Albacete que justo sería la parada después de pasar la estación de Villena. La mujer que tenía a mi lado tendría unos cuarenta años, rubia, tapada con su chaqueta blanca acolchada usada a modo de manta y, lo que más llamaba la atención, era una especie de tirita que llevaba en la nariz. Más tarde entendí que esa tirita era para minimizar sus ronquidos, siendo la persona que más ruido emitía de todo el autocar, era como si pretendiese arrancar un motor de dos tiempos.

Cuando llegué por fin a la estación de autobuses de Albacete, me bajé del bus y me dirigí hacia donde estaba Ángel, y éste me pidió que esperase un instante. A mi parecer, estaba esperando a que alguien que se tenía que subir en esa estación fallase, pero no fue así, todos los de la lista estaban. Me abrió el compartimento de equipaje para recoger mi mochila y me preguntó si había sacado el billete, a lo que le respondí amablemente con un sí.

Debo admitir que me produjo alegría que me tocase ese conductor y no otro, pues todas las atenciones que tuvo hacía mi, no era su obligación el haberlas tenido ya que, de llevarme a Albacete y que hubiera ocurrido un accidente, yo hubiera sido el pasajero anónimo. Pero estoy convencido que ese día era mi día de suerte. También es cierto que de no haber sido por Ángel, me hubiera tenido que plantear de nuevo mi viaje de Elche a Madrid como consecuencia de un despiste mío.

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Salita de espera de la Estación de autobuses de Albacete

Ángel me mostró una salita de espera en la misma estación de Albacete y al ser las 3 de la madrugada me estuvo comentando sobre mirar un billete de tren que salía a las 6 para Madrid. Pero ya tenía comprado el billete y no quería más percances. Miraba los asientos rígidos de esa sala y veía que me esperaría una noche larga e incomoda, no tenía muy claro que descansaría bien allí.

Pero mi viaje a Madrid daría un giro inesperado y, un rato después, entró Ángel en la salita y me encendió la luz, ya te que estaba en penumbra, y me ofreció una alternativa que por supuesto yo no rechacé. A las 3:30 aproximadamente venía un autobús de Mojacar en dirección a Madrid. Dicha ruta no se encontraba en internet por lo que tendría plazas libres, y como yo tenía un billete que salía a las 9:20 con el bus 1, plaza 13, me pidió si se lo podía enseñar y así hice, inclusive le mostré el número de localizador, y me pidió que le acompañase para presentarme a David, el conductor que iría a Madrid. Como dato, Ángel se había bajado en la estación de Albacete para que se subiese otro conductor y él llevaría un autobús que conduciría hasta Torrevieja, por supuesto mi despedida fue efusiva como si viese marchar a alguien al que ya tenía aprecio y nada más lo había conocido unos minutos.

El que no apareciese la ruta de Mojácar en internet, era porque se llenaba de gente que en su mayoría iban cargados de muchas maletas, y con la mitad que subiese a ese autobús, los compartimentos se llenaban. Por eso Ángel me propuso esa opción que yo acepté. Efectivamente a las 3:23 vino el autocar de Mojácar. David me miró y acudí rápido hasta la puerta del bus, entonces me preguntó si quería meter alguna de mis mochilas en el compartimento y, aunque lo que más me importaba era subir al bus, ya que el estar dentro de aquel gusano sobre ruedas era como que el viaje a mi destino sería una realidad; deposité una de mis mochilas en dicho compartimento y esperé de nuevo en la puerta. El conductor me pidió que subiese y que me sentara donde viese un hueco vacío. Los lugares libres estaban todos cerca del pasillo, y enseguida observé un asiento donde, a mi costado, había una chica joven de unos veintitantos, no muy guapa la verdad, pero no me importaba, ya que pensé que con ella haría el viaje más ameno que con la anterior mujer de los ronquidos. Pero me equivoqué, era como si tuviese un mueble a mi lado y yo para ella era como si tuviera alguna enfermedad contagiosa. Sin embargo, mi objetivo era llegar a Madrid y no hacer amigos, y siendo las 6:30 de la mañana mi autobús llegó a la Estación Sur con una anécdota difícil de olvidar.

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Un comentario en “El pasajero anónimo

  1. Desde luego un viaje así merece que se escriba un artículo para contarlo y que todos demos gracias porque haya Ángeles que sin necesidad se preocupen por hacer la vida un poco mejor a las personas que se encuentran.

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