La casa de la melancolía

Mi casa tiene, como todas las casas que se precien de tal, cuatro paredes. Paredes que reflejan al espectador algo avisado el estado de ánimo que me envuelve en un momento dado.

Begoña Hernández

Yo, soñador por naturaleza, gusto de ver en cada una de ellas una parte de mi ser, vida por tanto pública. Es algo así como una representación vibrante y bastante simple de todo aquello que sustenta el tejado de mi existencia. Por ejemplo, la delantera que da a la calle es alta y brillante, exquisita, con ventanas rectangulares y un soberbio balcón en el que suelo sentarme y recrear la vista con la muerte de la tarde.  Esta pared, limpia y alegre, la tengo reservada a la amistad y constituye, por derecho propio, mi mayor orgullo.

La pared lateral izquierda, endeble, apenas tabique, es la imagen de mi situación económica. Su estado me preocupa tan poco como el dinero que recibo y por ello los desconchones y lepras que la cubren no han merecido nunca mi atención. Todo lo contrario de la lateral derecha, que mimo y aprecio como si de mi propia familia se tratase. En ella la veo. Está perfectamente encalada y su blanco inmaculado cobra un brillo especial todas las mañanas a la salida del sol. Tiene dos ventanas generosas y, por supuesto, la puerta de salida al jardín y a la calle. La puerta…

En la parte trasera, oscura y lúgubre, se levanta, impotente, un infecto mosaico de ladrillos pardos y leprosos, incapaces de hacer pared. Es un amasijo de escombro y ruina sin forma determinada; fuerte pero voluble. Amor. Un rincón que no visita mi alma; que está abandonado por incompatibilidad física para renacer; un rincón abonado de musgo y ratas de azabache… pero, al fin y al cabo, parte de mi casa.

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Una tarde de abril, lluviosa como todas, llenó, sin querer, mi alma de humedad. Me hizo sentir incomodo en casa. Incómodo e impregnado de un suave flujo caliente. Busqué obsesivamente el lugar de la filtración y descubrí que se trataba de la impertinente y ociosa pared trasera.  Tenía que repasarla. A ello dediqué mucho tiempo, debía conseguir un ajuste preciso. No quería más problemas con ella. Nunca.

Cuando hube terminado la reconstrucción y me recreaba contemplando el espléndido muro levantado, noté que algo sacudía la recién encajada casa. Una profunda fisura se dibujó en la parte delantera y se desplomó con estrépito el balcón. Luego le siguió todo el resto de la edificación. Blandamente se esparció mi vida por el suelo. Se desgarró en minúsculas partículas de polvo definitivo.

Naturalmente, no había calculado en mi apresuramiento que el peso de mi nueva pared dañaría a las restantes y que mis exiguos cimientos no aguantarían tanto trabajo. No me quedaba nada, mi ceguera lo había destruido. Estaba triste, por supuesto, un poco…

Cuadernos en Negro. Madrid, febrero de 1971

P.D. Este relato no es mío pero, en teoría fue escrito para mí. No pongo el nombre del autor porque puede que se lo haya dedicado a más personas y le ponga en un compromiso. Se escribió en febrero de 1971, y como dice la canción: y yo le creí.

No he tocado nada, solo he añadido algún acento o tilde.

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2 comentarios en “La casa de la melancolía

  1. Gracias por los piropos a tan antiguo escrito… Efectivamente fue escrito para Begoña, porque conocerla y amarla hizo que se derrumbara toda la vida ordenada que llevaba hasta ese momento. Y eso me hizo feliz y desgraciado al tiempo. Y la pena es que no supe aprovechar el momento ni el sentimiento…
    Y la dejé ir. ¡Idiota de mí!

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  2. Pues es un relato maravilloso en sí mismo, me ha encantado la metáfora.
    Por otro lado, no sé cómo me sentiría al ser la musa que lo inspira. Por un lado es halagador inspirar a alguien una obra tan preciosa pero, por otro lado, no tengo claro que la intención de la dedicación sea totalmente positiva.
    En fin, gracias por compartir una obra tan hermosa con nosotros.

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