Cuando Johnny cogió su fusil

Iba yo con mi yate por la Avenida del Ferrocarril y…

… sonó el teléfono móvil. ¡A estas horas y yo con estos pelos! Paré motores, arrié la vela, desenfundé el arma arrojadiza y leí el mensaje, para ser exactos se trataba de un “guasap”, así lo llama la gente de orden. Era de un amigo, sus padres iban a por un papel a la universidad y necesitaba un favor, que fuera a su encuentro para recogerlo, escanearlo y mandárselo por correo electrónico, ¡Viva la “revolusión” digital!

Jesús Martínez

Al día siguiente llegó el momento, vibración y aviso de llamada, ¡son ellos! ¡ya tienen el papel! Dejé por un rato el trabajo y me encaminé a su encuentro. Los veo, allí están, padre y madre, tándem tradicional. Me acerco, les saludo y lo primero que me dice el padre es: “Has engordado, ¿no?”, ¡zas en toda la boca!, lo que bien empieza bien acaba, a lo que no tuve más remedio que contestarle que “sí, estoy un poco a dieta, cosas de la buena vida y la edad”, como si tuviera 45 años. La conversación se mantuvo por esos derroteros. Típicos comentarios que si hay que comer menos pan, que si hacer deporte es bueno, que si ¡viva el vino!, que si en luna llena hay más asesinatos, que si el aborto de la ballena es un problema para la industria del jamón serrano irlandés…

Llegó el momento de la despedida, la cumbre, el culmen de los cúlmenes, y la madre me ofrece una bandeja de coca de mollitas, (su familia tiene una panadería y siempre les dan productos de ese tipo) ¡Guau (no ladrido de perro sino expresión de sorpresa), una bandeja entera! Podría invitar a la oficina, a mis padres y me guardo algo… pero el padre no tardó en chafar el momento glorioso:

-Padre: “No, no le des tanto, ¿para qué? No ves que el “xiquet” está a régimen, si le das eso le haces polvo para la dieta…“.

-Madre: “Pero no se lo va a comer todo, puede invitar a sus padres, a sus compañeros de trabajo“.

-Padre: “No, el “xiquet” está a régimen, le vas a hacer que engorde más… No le hace falta tanto“.

Yo asistí en silencio al debate, hasta que la madre acabó por claudicar.

-Madre: “Vale, que se lleve algunos trozos“.

-Padre: “Con que se lleve tres le sobra“.

Abrieron el maletero y me quedé sorprendido, se veía un mar de hojas secas de árbol, y si te fijabas bien podías alcanzar a ver la bandeja de coca de mollitas, ¿cómo pueden haber tantas hojas en un maletero de coche normal? ¿las has recogido del campo y ahí se han quedado?

Desenterraron la bandeja, abrieron el envoltorio y surgió la duda, ¿cómo se lleva solo los 3 trozos? Para sorpresa, y deleite personal, el padre estuvo ágil, empezó a remover hojas, hojas y más hojas de un lado para otro, casi se zambulle por completo en el mar, y de lo mas profundo sacó una bolsa. Sí, sé lo que pensáis, estaba llena de restos de porquería, tenía trozos de cosas de muchos colores por todos lados, eso sí, primaba el negro azabache. El padre la sacudió, le quitó lo que pudo, insuficiente, por supuesto, y metió ahí dentro los tres trozos, ¡qué asco, ggaklsdfjsfasjlñdfjlsoaerkjaclvlakrtjaweri!

Volví al trabajo con la bolsa anudada y las tres cocas dentro.

Sé que os preguntáis si me las comí.

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